Breve historia de las hojitas de afeitar

¿Puedes imaginarte a alguien afeitándose con una concha marina? ¿O con un diente de tiburón? ¿Incluso con un afilado trozo de pedernal? El ser humano ha demostrado mucho ingenio a la hora de elegir instrumentos para eliminar el pelo de la cara. En el antiguo Egipto se usaba una cuchilla de cobre que parecía una pequeña cabeza de hacha. Más recientemente, en los siglos XVIII y XIX, se empezaron a fabricar navajas de afeitar, sobre todo en Sheffield (Inglaterra).

A menudo estaban muy ornamentadas, y la hoja metálica, que tenía una hendidura por el lado sin filo, podía recogerse dentro del mango cuando no se usara. Había que ser muy cuidadoso con esta navaja; seguramente costó muchos cortes a quienes aprendían a dominarla. Para los menos diestros, la iniciación debió ser traumática. Pero el siglo XX prometía traer alivio.

En 1901, el estadounidense King Camp Gillette patentó una maquinilla (rasuradora) de afeitar con hoja desechable. Su invento cautivó al mundo, y con el paso de los años se ha producido una gran variedad de modelos, algunos con el mango bañado en plata o en oro. Las innovaciones más recientes incluyen maquinillas totalmente desechables, de dos o incluso tres hojas y de cabeza movible.
Claro que no debemos olvidarnos de las rasuradoras eléctricas, que en 1931 hicieron su primera aparición en el mercado. Su eficacia y popularidad siguen aumentando, aunque muchos de los que buscan una buena afeitada aún prefieren el delgado filo de las hojas de afeitar.
Aparecen y desaparecen las barbas

Desde tiempos remotos, las barbas han aparecido y desaparecido, dependiendo de la moda del momento. El libro Everyday Life in Ancient Egypt (La vida diaria en el antiguo Egipto) señala que los egipcios “se distinguían por no tener mucho vello, y se enorgullecían de andar bien rasurados, para lo cual empleaban elegantes navajas que guardaban en hermosas fundas de cuero”. Esta costumbre quizás explique por qué el prisionero hebreo José se afeitó antes de comparecer ante Faraón (Génesis 41:14).

Los asirios eran un pueblo de barba espléndida, y llegaban al extremo de la vanidad en los cuidados y atenciones que le prodigaban a su barba: se la rizaban, trenzaban y arreglaban de maneras muy complicadas.
En la antigua sociedad griega era normal que todos los varones llevaran barba, excepto los nobles, quienes frecuentemente se afeitaban al ras. Parece que en Roma, la moda de afeitarse surgió en el siglo II a.E.C., y por siglos prevaleció la costumbre de hacerlo a diario.

A la caída del Imperio romano, sin embargo, se impuso nuevamente la barba, y se siguió llevando por unos mil años, hasta la segunda mitad del siglo XVII, cuando se puso de moda afeitarse. La imagen del hombre bien afeitado predominó durante todo el siglo XVIII. Pero, en la segunda mitad del siglo XIX, el péndulo empezó a oscilar otra vez hacia el lado contrario según el estilo digno y apropiado de la época. Y a principios del siglo XX, la costumbre de afeitarse resurgió una vez más, y su popularidad se ha mantenido en la mayoría de los países hasta nuestros días.

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